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¿Espejit-Coins por Oro?

Espejit-Coins X ORo

 

“¿Quién sabe cuál será la futura encarnación del dinero? ¿bytes dentro de un computador?” Milton Friedman, 1994

Las recientes declaraciones del Gobernador del Banco Central de la República Dominicana (BCRD), Lic. Héctor Valdez Albizu, sobre los activos virtuales (como Bitcoin, Litecoin y otras criptodivisas), han suscitado mucho interés. Las declaraciones fueron respaldadas por la Junta Monetaria, mediante resolución del 22 de junio de 2017. El BCRD también emitió un comunicado el pasado 29 de junio de 2017, advirtiendo entre otras cosas, que los referidos tipos de activos virtuales: “no cuentan con el respaldo del Banco Central y por lo tanto no gozan de la protección legal que otorga el marco jurídico de la República Dominicana”.

Ciertamente, desde el punto de vista de la protección al inversionista, el anuncio del BCRD es importante y necesario. Una cuidadosa lectura del comunicado, permite apreciar que el objetivo es informar a los agentes económicos que estas criptomonedas no cuentan con el respaldo de Estado alguno. Esto es importante, porque el BCRD cumple una función educativa para contrarrestar la asimetría de información que existe en torno a estos activos.

Puntualmente, algunos agentes pueden invertir en activos virtuales sin conocer los niveles de riesgo que conllevan. También existe la posibilidad de que algunos oportunistas exploten las vulnerabilidades de los inversionistas con la finalidad de realizar fraudes, robos de carteras de criptodivisas, u otros tipos de infracciones. Alejandro Fernández W. (Argentarium) ha advertido sobre estas vulnerabilidades.

Las criptomonedas también resultan atractivas para los criminales y financiadores del terrorismo. Sólo hay que recordar el notorio caso de Silk Road – el “Amazon” para la venta de drogas y la contratación de sicarios – donde regularmente se pagaba con Bitcoin. Sin embargo, las transacciones en efectivo también son riesgosas – al igual que otros medios de pago. Por tanto, estos riesgos deben ponerse en su debida dimensión. Por tanto, no se debe asumir que quienes transan con criptomonedas son criminales, como tampoco se puede concluir que quienes manejan operaciones en efectivo lo son.

A pesar de las declaraciones, mi predicción es que más temprano que tarde, el BCRD se abocará a trazar las directrices para el funcionamiento de la tecnología de cadena de bloques (blockchain) – o de otras tecnologías emergentes – en el sistema financiero dominicano. Con el paso del tiempo, es probable que también los agentes económicos continúen aceptando algunas criptomonedas como medio de pago.

Esta predicción responde a varios factores. En primer lugar, el BCRD y su Departamento de Sistema de Pagos (SIPARD) son referentes en materia de medios de pago. En la medida de que la cadena de bloques – o cualquier otra tecnología emergente en el futuro – vaya cobrando mayor prominencia en los sistemas de pagos internacionales, el BCRD tendría que replantear su posición.

En segundo lugar, otros reguladores, supervisores y bancos centrales han mostrado interés en las tecnologías financieras (las llamadas “FinTech”) – que incluyen, pero no sólo se limitan a la tecnología de cadena de bloques (blockchain). Las criptomonedas (como Bitcoin, Ethereum y Litecoin) están basadas en esta tecnología. La tecnología subyacente a estas criptomonedas promete tener amplias aplicaciones en el futuro.

En tercer lugar, el BCRD no tiene cómo efectivamente prohibir que los agentes económicos dominicanos realicen operaciones con monedas virtuales como medio de pago. Ejercer controles a través de las entidades de intermediación financiera sería fútil. Esto porque la tecnología de cadena de bloques y la Bitcoin fueron especialmente diseñadas para no tener que depender de bancos centrales ni de intermediarios financieros. Es una manera de transferir valor entre partes de manera segura, veloz y sin la necesidad de contar con intermediarios. Por tanto, no tiene sentido enfocar esfuerzos y recursos en “prohibir” las transacciones utilizando estos medios de intercambio.

Por estas razones, la discusión sobre criptomonedas debe trascender la cuestión sobre tal o cual moneda, y debe reenfocarse en las interesantes y útiles tecnologías emergentes.

Las bondades de la cadena de bloques no deben prohibirse ni menospreciarse. Ciertamente, sus beneficios superan sus costos. La cadena de bloques provee un registro de transacciones sumamente seguro. También es la base para otras tecnologías financieras, como los “contratos inteligentes” (smart contracts) – y pronto podría ser la base para nuevos sistemas registrales de derechos de propiedad: desde vehículos de motor, hasta inmuebles y valores negociables. Incluso, esta tecnología podría servir para los registros civiles.

Hay que tener en cuenta que las criptodivisas tienen otros beneficios. Particularmente, pensemos en lugares donde ciertos grupos vulnerables (por ej., las mujeres) tienen prohibido realizar transacciones comerciales o recibir dinero (ver P. Vigna y M. Casey). También en el caso de los regímenes dictatoriales y absolutistas que socializan el deterioro económico – como Venezuela o Corea del Norte – devastando el valor de los ahorros, creando inflación descontrolada y/o restringiendo los movimientos libres de capitales.

Otros bancos centrales son conscientes de todo esto. La economista Janet Yellen, quien preside la Reserva Federal de los EE.UU. (la “Fed” –  probablemente, el banco central más importante del mundo), hizo un llamamiento en 2016 a los banqueros centrales, exhortándoles que estudien la cadena de bloques. Janet Yellen reiteró su posición respecto de la referida tecnología, en enero de 2017. Mientras que el presidente del Minneapolis Federal Reserve Bank (parte de la Fed), Neel Kashkari, manifestó recientemente que la tecnología de cadena de bloques es un tema de alto interés para la Fed.

¿Qué quiere decir todo esto? Que la revolución tecnológica financiera es una realidad. Resistirse o tratar de prohibirla, equivale a dar coces contra el aguijón.

En su momento, las monedas, los billetes, los cheques y las tarjetas de crédito fueron innovaciones tecnológicas. También lo fueron las compañías por acciones, los títulos valores negociables – que luego fueron desmaterializados, los derivados, los valores producto de las titularizaciones, etc. Respecto de todas estas tecnologías e innovaciones financieras ha existido la posibilidad de: realizar fraudes, blanquear valores de origen ilícito, financiar actividades socialmente indeseadas y ejecutar operaciones anónimas. Esto no implica que en su momento debieron prohibirse, ni que por eso dejaron de ser útiles para el comercio y el progreso financiero.

El BCRD ha hecho bien comunicando e informando sobre estos activos virtuales, para educar y reducir la asimetría informativa. No obstante, la tecnología subyacente de cadena de bloques es interesante y merece ser estudiada profundamente. Como predijo el nobel economista Milton Friedman, el dinero es un “medio nemónico”. Esto quiere decir que el dinero funciona como una especie de memoria (en las palabras de Charles Wheelan), que nos permite registrar y reconocer nuestra producción y consumo. Esto seguirá así, independientemente de que utilicemos efectivo, criptomonedas o intercambiemos “espejitos por oro”.

Como reflexionaba Milton Friedman hace un par de décadas: ¿quién sabe qué forma tendrá el dinero en el futuro? Incluso podría llegar el momento en que el propio BCRD decida emitir parte del circulante en algún tipo de criptopesos, o elija la cadena de bloques – o cualquier otra tecnología financiera emergente – para el registro de ciertas transacciones financieras. Quizás dentro de unos años, las funciones de los bancos centrales serán realizadas por algoritmos e inteligencia artificial, y los dominicanos pagaremos por bienes y servicios con guiños, frunciendo el ceño – o incluso telepáticamente.

 

 

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Externalidades, Ronald Coase y el Anfiteatro Nuryn Sanlley

Anfiteatro Nurin Sanlley

El conflicto que existe entre el Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN) y los vecinos en los alrededores del Anfiteatro Nuryn Sanlley resulta un ejemplo sumamente apropiado para explicar algunos conceptos fundamentales del Análisis Económico del Derecho (AED). El AED es en método que busca aplicar las herramientas de la Microeconomía a los problemas jurídicos y sociales. Por Microeconomía hay que entender todas sus corrientes y aplicaciones – no sólo la tradicional teoría neoclásica – sino también: la Economía Conductual, la Economía Experimental, la Escuela de Elección Pública, la Econometría y otras visiones alternativas del pensamiento económico.

Prácticamente todos los problemas jurídicos y sociales se pueden examinar aplicando las herramientas del AED. Esto incluye, pero no se limita a: los contratos, la responsabilidad civil, la criminalidad, la propiedad industrial, el Derecho de la Competencia, el Derecho Constitucional, la regulación financiera, la protección ambiental, entre muchas otras áreas más.

Una de las piedras angulares del AED es el llamado Teorema de Coase. En 1991, esta aplicación le valió el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas (Premio Nobel de Economía) a Ronald Coase. Junto al magistrado y profesor Guido Calabresi, Ronald Coase se considera como uno de los Padres del AED.

El conflicto que existe en torno a los conciertos celebrados en el Anfiteatro Nuryn Sanlley sirve para explicar el Teorema de Coase y la problemática económica de las externalidades. Las externalidades son uno de los fallos del mercado que justifican – más no ordenan – la intervención reguladora del Estado.

Los economistas llaman externalidades a todos aquellos efectos secundarios que pueden surgir de una actividad. Formalmente, las externalidades ocurren cuando un agente económico no recibe todos los costos – o todos los beneficios – de la actividad que realiza. Las externalidades pueden ser positivas: cuando generan beneficios para la sociedad. Por ejemplo, el vecino que no le pone contraseña a su Internet inalámbrico.

Las externalidades también pueden ser negativas, cuando le generan perjuicios a otros miembros de la sociedad. Este es el caso de los conciertos celebrados en el Anfiteatro Nuryn Sanlley. Algunos vecinos y otras personas que habitan alrededor del anfiteatro reciben ‘los costos’ o molestias que producen los conciertos. Estos disgustos no son incurridos ni por el Ayuntamiento, ni por los promotores artísticos que se lucran, ni por los artistas que se presentan, ni por las personas que disfrutan de los espectáculos.

Entre las molestias que los vecinos y demás afectados pueden argumentar que sufren, se encuentran: el disgusto que produce el ruido (y todo el malestar asociado con esto), la contaminación del área que rodea el anfiteatro (Parque Iberoamérica), la congestión vehicular de los asistentes, etc. En estos casos, el costo social es mayor que el costo privado que incurren los organizadores del concierto y el ADN. Es decir, que estos últimos no toman en cuenta estas molestias al momento de organizar y celebrar un espectáculo público. En otras palabras, como no enfrentan estos perjuicios, no tienen un incentivo para producir menos conciertos. Todo lo contrario: tienen incentivos para organizar y producir más y más conciertos, porque el costo social no está incluido en su cálculo de la utilidad (en sentido amplio) que produce cada concierto.

Antes de que Ronald Coase inmortalizara su visión alternativa respecto de cómo encarar el problema de las externalidades negativas en su ensayo fundamental titulado El Problema del Costo Social (1960), los economistas recurrían a las ideas de otro pensador – Arthur Cecil Pigou – para atacar este problema. En este sentido, la idea de Pigou (conocida ampliamente como el ‘Impuesto Pigouviano’) consistía en gravar la actividad que produce la externalidad negativa hasta el punto en que el costo social fuese igual que el costo privado. Es decir, en el caso del anfiteatro, ponerle un tributo a los conciertos de forma tal que se reduzca su frecuencia y lograr que los organizadores y asistentes interioricen o paguen también por el costo social que producen los conciertos.

Por supuesto, vale señalar que existen otras alternativas y herramientas de políticas públicas para enfrentar el problema de las externalidades negativas de los conciertos en el anfiteatro. Principalmente, está la regulación. Por ejemplo, prohibiendo los conciertos, limitando el número de conciertos al mes, o el horario de los mismos – o quizás estableciendo días especiales para que estos se celebren. También se podrían imponer límites al número del público asistente, al volumen de los decibeles, entre otras opciones más.

La genialidad del enfoque de Coase está en que vio la problemática de una manera distinta. Para Coase no existen ni victimarios ni víctimas. Los conciertos son socialmente útiles y deseables. También la tranquilidad y paz de los vecinos es socialmente útil. Por tanto, Coase diría que por un lado, tanto los promotores de conciertos, el Ayuntamiento y los asistentes a los concierto; como por otro lado los vecinos y los demás afectados por los conciertos, son a la vez la causa y la consecuencia de las molestias. Sin conciertos, no hubiese daño producido. Igualmente, sin vecinos en La Esperilla, no hubiesen molestias.

Para Coase poco importa si el anfiteatro se construyó primero o después que el vecindario. Es decir, que nos encontramos frente a molestias y perjuicios de naturaleza recíproca. Dicho de otra forma, los vecinos son una molestia para el Anfiteatro – y el anfiteatro es una molestia para los vecinos.

La problemática social es poner en una balanza y preguntarnos cuáles son derechos de los grupos de interés que queremos priorizar: de los promotores artísticos, del público asistente y del Ayuntamiento, o de los vecinos que viven alrededor del anfiteatro. Quizás cierto número de conciertos sea socialmente deseable. De lo contrario el ADN (e.g. todos los contribuyentes) invirtieron en un anfiteatro que no será utilizado mucho. Es posible entonces que la solución óptima desde el punto de vista social –es decir, aquella que maximice la felicidad de el mayor número de personas – no sea necesariamente la de prohibir los conciertos en su totalidad.

Para Coase este tipo de situación de reciprocidad no requiere de intervención estatal para resolverse. Sino que una solución de mercado – o meramente contractual – podrá dar lugar al resultado más eficiente. Según Coase, (1) si los Derechos de Propiedad Privada están bien definidos, y si (2) los costos de contratar (llamados costos de transacción) son los suficientemente bajitos, entonces las partes envueltas podrán negociar libremente una solución satisfactoria para todos.

Quizás una solución conforme con las ideas de Coase no sea viable en este caso. Por un lado, corresponderá a los tribunales decidir a quiénes corresponde el derecho de propiedad. Esto es lo que Coase llama la importancia de definir bien los derechos de propiedad. Es decir, determinar si los vecinos tienen el derecho de disfrutar de un ambiente libre del ruido de los conciertos, o si por el contrario son los promotores artísticos, el Ayuntamiento y el público que tiene derecho de celebrar conciertos en el anfiteatro. Si al final los tribunales determinan que los vecinos tienen la propiedad, no habrán más conciertos en el anfiteatro. Si por el contrario, se le asigna la propiedad al ADN –entonces los vecinos sufrirán los elevados decibeles y las demás molestias.

Además, en este caso es posible que los costos de negociación (o de transacción) sean demasiado altos (o prohibitivos) para poder llegar a un acuerdo satisfactorio para todas las partes. Por ejemplo, hay que organizar y movilizar a muchos vecinos, con intereses diversos y con incentivos variables. Esto puede crear problemas de acción colectiva si no se tiene un órgano deliberativo (e.g. una junta o una asociación de vecinos) que reúna y vincule a todos los vecinos (en base a mayorías) para poder negociar un acuerdo que resulte provechoso para todas las partes.

Las partes envueltas en este conflicto se han sometido a los tribunales para que determinen a quiénes le corresponden los derechos de propiedad. El resultado va a determinar a cuál grupo de interés le pertenecen los derecho de propiedad. En un mundo Coaseano, con bajos costos de transacción y con derechos de propiedad bien definidos, este conflicto no tendría que resolverse en los tribunales ni habría que involucrar al Estado para su solución. Al grupo de interés que le perjudique la decisión final le tocará negociar con la otra –ofreciendo compensación económica, por ejemplo – con la finalidad de mitigar las molestias generadas y alcanzar una solución que maximice la felicidad del mayor número de personas.

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Las Cifras Sagradas del Banco Central por Osvaldo Montalvo Cossío

 

Encontré este artículo circulando en las redes sociales. Me parece un enfoque interesante que merece la pena discutir. El autor es el economista dominicano Osvaldo Montalvo Cossío.

Disfruten,

E-

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Las cifras sagradas del Banco Central

Osvaldo R. Montalvo Cossío

 

“El intelectual a sueldo no puede pensar, sólo debe repetir las consignas del poder.”

Miguel Ángel Fornerín (Hoy, Areíto, 25 de agosto del 2012)

“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…” Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809 (Tomado de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América latina)

No recuerdo si fue Lenin quien dijo que el progreso no es más que trabajo y energía, pero estoy seguro que no fue un dominicano. Quien haya sido, registraba lo aparente: en su aspecto estrictamente material, el progreso –desarrollo es un sinónimo- es facilidad, comodidad, confort. Para disfrutar de estas cosas necesitamos un orden productivo –del tipo que sea, mercado o planificación-, que viabilice una cantidad creciente de artefactos a nuestra disposición. El automóvil –antes el tren, luego los aviones- en principio resolvió el problema de las distancias, principalmente la distancia entre la casa y el trabajo. Luego los appliances –los electrodomésticos- sacaron a la mujer de sus tareas tradicionales dentro del hogar e hicieron la estancia en éste más fácil y grata. La TV –luego del radio- fue otra revolución, a la que siguieron los VCR, los discos compactos y, ya en nuestro entorno temporal, las memorias digitales, los teléfonos celulares y la red virtual. Estamos rodeados de mercancías que prometen hacernos siempre más felices: a mayor consumo, mayor debe ser nuestra felicidad. Aumentan las necesidades del espíritu más que las verdaderas necesidades puesto que son éstas pocas y fácilmente saciables.

La producción requiere de energía, en cualquiera de sus formas. Pero más importante, el consumo necesita de energía a una tasa creciente. Si para producir más hay que consumir más, y el consumo consume energía, a mayor volumen de consumo (y producción), mayor consumo específico de energía. Se puede hablar todo lo que se quiera de la eficiencia de los nuevos aparatos, pero siempre se consumirá más energía cuando se tienen cinco en vez de uno puesto que el avance tecnológico no es suficiente para compensar el crecimiento en el quantum. Tan es asíque en nuestra época inicia la crisis ambiental por los efectos del consumo específico que hemos decidido, en particular el daño a la naturaleza por la quema de combustibles fósiles.

De manera que buscar una relación entre la producción (y consumo) global y el consumo de energía parece ser el propósito más natural del mundo. En principio, poco importa la denominación de la energía bajo la restricción habitual de que sea una variable homogénea y consistente. Esto quiere decir que si utilizamos barriles de petróleo (de 50 galones) como representación de la energía consumida, más adelante no podemos cambiar a kilovatios hora, BTU o cualquiera otra unidad de fuerza. Para que la correlación tenga sentido, se debe mantener constante la definición de las variables.

1Pues bien, recientemente nuestro colega Ernesto Selman osó –es decir, se atrevió a- plantear una correlación entre el consumo de energía en el país y el PIB, de la que concluye –ésta es la verdadera herejía- que éste pudiera estar sobredimensionado hasta en un 36% desde el 2006. De inmediato se desataron todos los infiernos. La Dra. Olga Díaz, Asesora del gobernador del Banco Central, dirigió al disidente una encendida réplica (Listín Diario, 21 de agosto de los corrientes) en la que le enrostra todo lo siguiente: a) Que el Dr. Selman trabajó en el Banco Central, donde se le dispensó un trato muy distinguido, sobre todo de parte del Sr. Gobernador; b) Que habiendo trabajado allí se debió haber percatado del ingente esfuerzo que hay que desplegar para calcular el crecimiento económico; c) Que el sector Energía y Minas tiene una muy baja participación en el PIB y su relación con el consumo de energía no es fija; d) Que la presunta sobrestimación del PIB se debe a los intereses particulares del Dr. Selman, a saber, dar a entender que la presión fiscal es más alta de lo que es realmente, por lo que no sería necesario una reforma fiscal “integral”. Acaba la reprimenda de la Dra. Díaz con una consigna patriótica: con estas actitudes, “qué pobre servicio hace el Dr. Selman al país.”

Curiosamente, el ejercicio hecho por el Dr. Selman es exactamente el mismo que han realizado quienes establecen que si los países subdesarrollados tuvieran el consumo –proporcional, per cápita- de los países desarrollados, se necesitarían diez planetas tierra hacerlo posible (Ver: Chris Martenson El futuro insostenible de nuestra economía, energía y ambiente). Dicho sea de pasada, para ser buen predictor de una variable, no es necesario constituir parte importante de ella; es decir, para predecir el PIB no hay que hacerlo por necesidad desde uno de sus componentes principales. La participación proporcional elevada explica la dominancia en el registro, en la contabilidad, pero no establece nada necesario en cuanto al pronóstico. De seguro el consumo de electricidad tiene mejor asociación con el producto que el gasto en medicinas.

Una pregunta es obligada: ¿por qué tanta sensibilidad –susceptibilidad, podría decirse- de parte del Banco Central con sus números? Pero veamos primero de qué se trata. Los economistas suelen establecer correlaciones –esto es, asociaciones estadísticas- entre dos (o más) variables, a veces en términos de causalidad, como forma de pronosticar una con la otra. Un ejemplo sencillo: para hacer una camisa necesito media yarda de tela. Esto puede ser un promedio; el hecho es, sin embargo, que si hemos usado 100 yardas de tela, deben haber 50 camisas en el almacén. Estas son relaciones que todo gerente de producción y auditor deben tener bien aceitadas.

Por supuesto, la asociación no necesariamente es fija: un medio a uno, como el caso anterior, uno a uno, uno a dos, etc., sino que puede ser de un valor en un momento, y de otro más adelante. Nada de esto tiene misterio. Aún más, la conexión causal entre una variable y la otra no tiene que estar perfectamente establecida, puede ser difusa. Asíasociamos número de armas y homicidios, o nivel de pobreza y delincuencia. Estadísticamente se pueden calcular algunos índices, siempre sujetos a una cierta probabilidad. Mas todavía no podemos establecer con precisión que, por ejemplo, por cada 100 armas de fuego que salen a la calle, aumentan en 10 los homicidios.

Mudémonos al terreno de la economía. David Ricardo (1772-1823), cúspide de la economía clásica, se imaginó una economía de un solo producto (trigo), para salvar el molestoso problema de la agregación de mercancías heterogéneas. Así, el producto real, es decir, el producto denominado en bienes, estaría constituido por una cierta cantidad de este producto universal, único necesario para producirse a símismo. El producto real es el que determina el nivel de bienestar de una población, como el consumo físico es el que determina el nivel de satisfacción de un individuo. Si de tener una manzana pasamos a tener dos, hemos duplicado nuestra riqueza. Sin embargo, si nuestro ingreso pasa de $10 a $40 nada nos dice por necesidad en cuanto al aumento en nuestra capacidad de compra; es posible que con $40 no podamos comprar siquiera la primera manzana.

Ricardo estaba consciente de la irrealidad de una economía de un único producto, su interés era fundamentalmente analítico. Ahora bien, es completamente claro que si el consumo (y producción) del único producto se duplica, se duplica el nivel de bienestar de la sociedad. Por supuesto, se puede plantear una relación decreciente entre consumo y utilidad, pero éstas son otras quinientas. Lo importante es la asociación que podamos establecer entre el movimiento de una variable – consumo (y producción)- y otra –bienestar o utilidad-. La relación entre dos variables objetivas – tela y camisas- es más clara por cuanto en ella no interviene la apreciación humana. Si se produjeron 100 camisas y se consumieron 75 yardas de tela, en buen dominicano “hay un maco”, llamen al supervisor de producción.

Ahora hay que desmontar la ficción ricardiana: en la economía hay muchos bienes que se producen y consumen, ¿cómo medirlo? Si las mercancías se consumieran siempre en las mismas proporciones –por decir, una libra de arroz con media libra de habichuelas, con un cuarto de libra de carne de res, etc.- no tendríamos dificultad. Estaríamos en el mismo mundo de la mercancía única con la diferencia de que es ésta, ahora, una mercancía compuesta. Algo asícomo un “combo” de restaurante de comida rápida: una hamburguesa + unas papas fritas + un refresco. Sin embargo, esto es igualmente irreal. Adicionalmente nos topamos con el denominado “problema de los números índice”. ¿Cuál es la idea fundamental? Cuando evaluamos dos conjuntos diferentes de bienes heterogéneos en dos momentos distintos en el tiempo, no solamente cambian las cantidades sino también los precios. El problema consiste en sintetizar las dos situaciones caracterizando cada una como el consumo de un índice escalar de cantidades multiplicado por un índice escalar de precios. En otros términos, resumir los cambios en todas las cantidades en la variación de un único índice de cantidad, y los cambios en todos los precios en la variación de un único índice de precios. Esto es justamente lo que se hace en la contabilidad del producto.

De nuevo un ejemplo sencillo. Obviamente las cifras han sido seleccionadas por simplicidad, pero en nada afectan el álgebra. Donde dice 10 libras se puede poner 10 millones de toneladas y en nada cambia el argumento. Igual lógica se aplica cuando pasamos del individuo a la sociedad: contablemente, el conjunto no es otra cosa que la suma de las partes.

Digamos que personalmente consumimos hoy, por año, 250 libras de arroz, a un precio de $40 libra; 5 camisas, a un precio de $500 la unidad; y 200 viajes al trabajo, a un precio de $150 el servicio. En total: 250 x $40 + 5 x $500 + 200 x $150 = 42,500. El siguiente año, cuando ya se han modificado los precios de algunos de los bienes, nuestro consumo es como sigue: 200 libras de arroz, a $45 la libra; 5 camisas, a $450 la unidad; y 230 viajes, a $150 cada uno. En total: 200 x $45 +5 x $450 + 220 x $150 = 44,250. Observemos que hay consumos que aumentaron, otros que disminuyeron y otros que se quedaron igual. Lo mismo con los precios, unos subieron, otros bajaron y otros no tuvieron modificación. La pregunta es, ahora: en general, nuestro consumo, ¿ha aumentado, disminuido o se ha mantenido sin cambio? En cuanto a los precios, en general, ¿qué modificación han sufrido?

Mediante una técnica sencilla que sería prolijo desarrollar aquí(Ver: Osvaldo Montalvo Cossío La alquimia de los índices generales de precio Banco Central, 2002), la primera situación se puede sintetizar en un quantum de producción de 293.70 que, multiplicado por un nivel promedio de precios de 144.70 nos arroja el valor de la producción: $42,500. Correspondientemente, la segunda situación es: 308.89 x 148.11 = $45,700. De aquí deducimos un crecimiento real de 5% y una inflación del 2%. Y entonces corremos para la prensa: “el año pasado registramos un notable crecimiento con gran estabilidad en los precios”. No obstante, los resultados anteriores ameritan un par de observaciones.

El producto real asímedido –y es la única posibilidad de hacerlo- es un constructo, una ficción; más exactamente, una convención. No tiene unidad técnica (libra, unidad, yarda, etc.) y su valor monetario es completamente derivado. Decimos “un producto real de $308.89 (pesos, dólares, etc.)”, pero su valorización se logra mediante la sustracción del efecto de los precios al valor de la producción. Este último es el que se recoge en el mercado, el valor de las transacciones comerciales concretas y específicas.

Debe quedar claro que no existe el crecimiento macroeconómico como tal. Ciertamente crece la producción y el consumo, pero de las unidades productivas y consumidores individuales. Denominamos crecimiento macroeconómico a la ponderación del crecimiento de los ingresos individuales. De aquíes de donde se desprende el denominado “problema de percepción”. La versión oficial siempre será de un crecimiento mayor al verdadero, una inflación menor a la verdadera, una concentración del ingreso y la riqueza menor, menores niveles de pobreza, etc. No sucede sólo en la economía: los niveles de delincuencia serán bajos, la desnutrición infantil y la tasa de mortalidad infantil, los niveles de tráfico de influencia y corrupción, y un larguísimo etcétera. Esto no es más que la promoción y propaganda de la empresa llamada gobierno. Pasó en el pasado gobierno, pasa en el actual y sucederá en el que venga, aquílo mismo que afuera (Ver sobre el caso de México: Sara Sefchovich País de mentiras). . ¿Acaso nos pasa desapercibido que desde la oposición se ven nítidos todos los problemas y males nacionales, y a las 24 horas de estar instalado, para cualquier nuevo gobierno todo es estabilidad, armonía y deseos de progreso? Por una cuestión de simple competencia –vale decir de sobrevivencia-, cada quien tiene una tendencia marcada a disminuir las virtudes ajenas a la vez que magnifica las propias.

“En China, los responsables de las administraciones territoriales reciben ayudas dependiendo de la tasa de crecimiento de sus regiones, y (ellos mismos) son los encargados de recoger las estadísticas… Uno debería ser un santo para no exagerar su propio éxito y los administradores chinos no son santos. Periódicamente, Pekín castiga a algunos por exagerar el rendimiento de su área; no obstante, aun asílas estadísticas publicadas (resultan exageradas).”

Lester Thurow El futuro del Capitalismo Ariel (1996), p. 54

En un libro de reciente publicación (Crítica a la economía del status quo, 2010), titulé un anexo: El oficio de economista, o dime quién te paga y te diré qué opinas, refiriéndome a que cada cambio estructural en el modo de producción ha tenido sus grandes beneficiarios –y perjudicados: no hay uno sin el otro-, quienes siempre han empleado sus intelectuales orgánicos para racionalizar la nueva situación. O sea, la reacción del Banco Central ante el atrevimiento del Dr. Selman es más que comprensible. Lo que sorprende es el silencio de los inocentes. Aquí, donde debían de hablar los intelectuales, los que se jactan de décadas de estudio, guardan silencio. Se hacen los extrañados, los genios desadaptados, por simplemente no poner en riesgo el cheque. Ya antes les debieron haber enseñado que opinar siempre tiene su precio.

Dada la variación en el valor de la producción, de la inflación deducimos el crecimiento del producto, y viceversa. Es decir, tenemos una ecuación y dos incógnitas, lo que nos da un grado de libertad. Dado el cambio en el valor de la producción, calculando la inflación, se deduce por diferencia el crecimiento. Todo esto anterior es simple álgebra, y ciertamente el fundamento del tema es cuestión de pura medida:

“Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo.”

Antoine de Saint Exupery El principito

Como digo en mi libro citado, si fuera cuestión de alimentar las cifras en la ecuación, no habría problema. Pero la ecuación tiene sus bemoles y las cifras son secretas, por eso tanta discusión sobre lo elemental. La contabilidad del producto no es un censo, es imposible registrar todas las transacciones que tienen lugar día a día. Es una estimación cuya confiabilidad disminuye en la medida en que la muestra es menor respecto de la población. Estas circunstancias añaden una complejidad al cálculo que el lego encuentra difíciles de superar. Del otro lado, el registro de las transacciones comerciales a nivel nacional es tarea que sólo el Estado puede llevar a cabo, pero debido fundamentalmente a su costo referido a su utilidad. Ningún agente privado, por grande que pueda ser, encontrará rentable semejante ejercicio. Ahora bien, en aras de la transparencia y la confiabilidad, las cifras crudas, en un formato manejable, debían ser accesibles al agente ordinario. Facilitar el “hágalo usted mismo”, no hay mejor manera de refrendar la certeza de los números. Las empresas requieren de auditorías, que no son otra cosa que informes sobre la corrección y confiabilidad de su contabilidad. Ningún gerente o administrador se ofende por ello. En el error, lo último que se presume es el dolo y lo primero el desconocimiento. Si esto sucede en la unidad, ¿por qué pensar que el conjunto no requiere de vigilancia y cuestionamiento, más cuando existe sin duda un interés en presentar resultados mejores que los verdaderos?

Esto trae a colación el asunto del interés. La Dra. Díaz recrimina al Dr. Selman que su opinión es interesada, por el asunto de la reforma fiscal y demás. Pero la opinión de la Dra. Díaz también es interesada, como lo es la mía. En esto no hay nada de extraordinario. Dice al respecto George Stigler (El economista como predicador, p. 95)

“… a los economistas no les gusta una explicación de su propio comportamiento científico en términos económicos ordinarios. Decirle a un economista que él elige aquel tipo de trabajo y aquel punto de vista que maximizará su renta es, nos dirá airadamente, un insulto premeditado.”

Lo normal, lo que debe ser, es que cada quien plantee abiertamente su opinión interesada. El industrial, su interés; el importador, su interés, el comerciante minorista, el suyo. Asimismo, el jornalero campesino, lo que le conviene, exactamente lo que hacen los funcionarios públicos, que llegan a defender privilegios constitucionales en nombre de la patria. Por supuesto, su interés es el interés de la patria, como en el naciente capitalismo la verdad era la ganancia. Un buen índice del interés nacional es la distribución del ingreso; el efecto de cualquier medida sobre éste dirá si sirve ésta a la patria o a intereses menos que comunes y colectivos.

Para concluir, volvamos un instante a la construcción de las cifras de crecimiento e inflación. Si bien, como dijimos, el nivel del producto es un constructo, un cálculo abstracto, se debe basar en los crecimientos sectoriales reales. Es decir, como hay un crecimiento (o decrecimiento) para la economía total, lo hay para el sector agropecuario, industrial, construcción, etc. A nivel sectorial, igual se puede calcular este constructo, a un menor nivel de generalidad que el producto nacional. Este ejercicio se puede llevar hasta el nivel de la empresa individual, que es de donde parte. No olvidemos que el crecimiento económico es de las empresas y el ingreso, no hay un crecimiento macroeconómico como tal.

La empresa puede y debe tener su índice de crecimiento real, como lo tiene la industria. A este nivel es mucho más fácil apreciar –ahora sí, exactamente: apreciar en términos de percepción- la distancia entre el hecho y su registro, si las cifras dicen lo que es. De hecho, a la gente “de la calle” lo que le interesa es disfrutar del crecimiento de su ingreso y dejar de sufrir por la inflación; la discusión de las cifras de por síla tiene sin cuidado. De manera que, lejos de sancionar la intención de elaborar índices de crecimiento sectoriales, para imponer la fe en una única cifra mágica y sagrada, los demás intereses –esto no se hará a iniciativa de ningún gobierno- deben trabajar en configurar la historia y situación de sus propios sectores. Nadie nunca defenderá sus intereses tan bien como ellos mismos. Esto se llama utilitarismo, la filosofía del capitalismo.

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