Aside

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Last week, a group of U.S. senators introduced a bill that seeks to restore some of the regulatory provisions of the Glass-Steagall Act of 1933 (the “GSA”). The bill purports to segregate commercial or “utility” banking from riskier (and sometimes less socially valuable) activities like investment banking, derivatives trading, hedge funds and the provision of insurance services.

If you read this blog and some of its columns regularly, you are probably already familiar with the functional segregation between commercial and investment banking. It’s a subject we’ve covered in some opinion pieces (See: Cedeno-Brea, Enmanuel, “Should we adopt the Volcker Rule in the Dominican banking regulation?”, May 14, 2012) and in other academic papers.

In the less than virtuous “regulatory dialectic” cycle suggested by the notable professor and economist Edward Kane, there seems to be a special place for Glass-Steagall type provisions. Just like in Nietzsche’s Eternal Recurrence and the stoics’ circular notion of time that  perplexed Argentine writer Jorge Luis Borges, financial regulators often revisit GSA type formulae. The GSA was part of the legislative reform package of Franklin D. Roosevelt’s New Deal. The measures sought to jumpstart the U.S. economy after the Crash of 1929 and the Great Depression that ensued. The GSA rules separated commercial banks (institutions that take deposits and lend money to the public) from investment banks (securities underwriters and intermediaries).

The GSA was repealed in 1999, under President Bill Clinton’s government. Some people attribute the current financial crisis (at least partly) to the repealing of the GSA. Other voices have been raised calling for a return to the functional separation between commercial and investment banking in order to attack the “too big to” set of problems in all of their manifestations. This proposal looks to either “break-up” or cap large banking institutions in order to nip the “too big to” problems in the bud. Such measures are neither new nor original. In the UK, the Independent Commission on Banking led by Sir John Vickers recommended a similar proposal by suggesting the ring fencing of utility banks. Variations of this formula are also present in the policy recommendations of the Liikanen Group (October 2012), established by the European Commission.

But these measures do not necessarily solve all current financial woes. Large financial institutions could loop-mine their way into circumventing the segregation. One possibility could be rearranging activities across different business units under the control of a centralized holding company. Functional segregation would target carving-out risky activities from the financial safety net established for insured deposits. By insuring deposits up to a limit, Governments could find themselves tacitly underwritings risky businesses. The objective then would be to mitigate the moral hazard generated by the big banks in order to prevent the likelihood of taxpayer-funded bailouts.

The return to the GSA model resonated across the financial world. But it might not have enough clout. Two analysts from the Financial Times point to apparent consensus among U.S. lobbyists that believe that the bill lacks sufficient support (James Politi and Stephanie Kirchgaessne, “Bill to restore Glass-Steagall unnerves Wall St“, Financial Times, July 12, 2013). Another factor that could stifle the bill is that The Banker recently ranked the Industrial and Commercial Bank of China (ICBC) as the biggest in the world. According to the reputable publication, the size of the ICBC’s assets surpasses those of Bank of America and JPMorgan.  European universal banks are not the only competitive threat to U.S. banks. As a result, the US federal government could be careful not to thwart the global competitiveness of its national champions.

Despite all of this, the academic and policy debates in relation to the revamping of the international financial regulatory framework will continue. Functional separation and Glass-Steagall type solutions are likely to remain popular, go-to regulatory models for financial policymakers.

Eternal Recurrence: Break Glass-Steagall Act in Case of Emergency

ETERNO RETORNO AL GLASS-STEAGALL ACT

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La semana pasada, un grupo de senadores de los Estados Unidos introdujo un proyecto legislativo que busca restablecer algunas de las disposiciones regulatorias del Glass-Steagall Act de 1933 (el “GSA”). El anteproyecto persigue acordonar o segregar la banca comercial o “banca útil”, de otros negocios consideramos más riesgosos (y a veces menos socialmente provechosos), como: la banca de inversión, la intermediación y el corretaje por cuenta propia de valores financieros y productos complejos, la aseguración y la inversión en fondos de capital y de alto riesgo (private equity funds y hedge funds).

Si usted regularmente lee está columna, seguramente ya está familiarizado con la problemática de la segregación funcional entre la banca comercial y la banca de inversión. Es un tema que  hemos tocado en varios artículos de opinión (Ver: Cedeño-Brea, Enmanuel,“¿Debemos adoptar la Regla de Volcker en la regulación bancaria dominicana?”, Acento.com.do, 14 de Mayo de 2012; y “El futuro de la regulación financiera: Desafíos del Proyecto de Ley Orgánica Monetaria y Financiera”, Acento.com.do, 13 de febrero de 2012) y también en otros ensayos de corte académico (Cedeño-Brea, Enmanuel, “Regulación Financiera Comparada: ¿Qué podemos aprender del Dodd Frank Act”, Artículo publicado en tres partes en la revista Gaceta Judicial, Nos. 316, 317 y 318).

Dentro del ciclo de la célebre (a veces poca virtuosa) “dialéctica regulatoria” que acuñó el profesor y economista Edward Kane, existe un lugar especial para las disposiciones tipo Glass-Steagall. Como el Eterno Retorno de F. Nietzsche y el tiempo circular de los estoicos (que tanto magnetizaban a Jorge Luis Borges), los reguladores financieros siempre regresan a las fórmulas tipo GSA. El GSA surgió como parte de las medidas legislativas del Nuevo Pacto (New Deal) de Franklin D. Roosevelt (FDR), que buscaban reactivar la economía de los EEUU luego del Crac del 1929 y la Gran Depresión que acaeció. Las reglas del GSA de 1933 separaron a los bancos comerciales (instituciones que captan depósitos y prestan dinero al público) de los bancos de inversión (colocadores e intermediarios de valores).

El GSA se derogó en 1999, durante el gobierno de Bill Clinton. Hay quienes atribuyen la crisis financiera actual (al menos en parte) a la derogación de las disposiciones del GSA. Otras voces se han levantado diciendo que hay que regresar a la separación funcional entre banca comercial y banca de inversión con el objetivo de atacar la problemática de las instituciones financieras consideradas “demasiado grandes para” caer o salvar (“too-big-to fail/save”). La respuesta buscaría “romper” a los grandes grupos bancarios y evitar que crezcan hasta dimensiones de importancia sistémica. Entre sus “considerando” el nuevo referido proyecto de ley menciona como justificación convertir a los bancos en instituciones “más pequeñas y seguras”. Este tipo de medidas no son nuevas ni originales. En el Reino Unido, la Independent Commission on Banking liderada por Sir John Vickers recomendó una propuesta similar. Variaciones de esta fórmula también están presentes en las conclusiones del reporte del llamado Liikanen Group (Octubre de 2012), conformado por la Comisión Europea.

Pero estas medidas no necesariamente resuelven el problema. Las grandes entidades financieras se podrían reorganizar como grupos con distintas unidades de negocios bajo control de una entidad matriz. La segregación funcional buscaría sacar las actividades riesgosas de la red de protección de los depósitos asegurados. El estado dejaría de garantizar tácitamente estas actividades con un respaldo limitado. También se persigue mitigar el riesgo moral que generan los grandes bancos y reducir la propensión de rescatarlos (ilimitadamente) con dinero de los contribuyentes, cuando estos bancos se deterioran o quiebran.

La noticia del retorno a las disposiciones tipo GSA resuena bastante. Dos analistas del FINANCIAL TIMES citan que el consenso entre los cabilderos estadounidense es que la medida no cuenta con apoyo suficiente como para convertirse en ley (“Bill to restore Glass-Steagall unnerves Wall St”, 12 de Julio de 2013). Otro factor que podría esclerotizar el desmantelamiento de los grandes bancos estadounidenses, es que hace unas semanas la revista THE BANKER proclamó a THE INDUSTRIAL AND COMMERCIAL BANK OF CHINA (ICBC) como el más grande del mundo. Los niveles de activos del banco chino superaron a los de los leviatanes financieros BANK OF AMERICA y JPMORGAN. Esto señala que la competencia de los bancos de EEUU ya no sólo proviene de los bancos universales de Europa. Por tanto, el gobierno federal estadounidense debe pensarlo bien antes de truncar la competitividad global a sus campeones nacionales.

A pesar de todo esto, los debates académicos y de diseño de políticas públicas con relación a las reformas de la regulación financiera internacional continuarán. La separación funcional seguirá siendo siempre una de las soluciones propuestas más recurrentes.