Las Cifras Sagradas del Banco Central por Osvaldo Montalvo Cossío

 

Encontré este artículo circulando en las redes sociales. Me parece un enfoque interesante que merece la pena discutir. El autor es el economista dominicano Osvaldo Montalvo Cossío.

Disfruten,

E-

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Las cifras sagradas del Banco Central

Osvaldo R. Montalvo Cossío

 

“El intelectual a sueldo no puede pensar, sólo debe repetir las consignas del poder.”

Miguel Ángel Fornerín (Hoy, Areíto, 25 de agosto del 2012)

“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…” Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809 (Tomado de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América latina)

No recuerdo si fue Lenin quien dijo que el progreso no es más que trabajo y energía, pero estoy seguro que no fue un dominicano. Quien haya sido, registraba lo aparente: en su aspecto estrictamente material, el progreso –desarrollo es un sinónimo- es facilidad, comodidad, confort. Para disfrutar de estas cosas necesitamos un orden productivo –del tipo que sea, mercado o planificación-, que viabilice una cantidad creciente de artefactos a nuestra disposición. El automóvil –antes el tren, luego los aviones- en principio resolvió el problema de las distancias, principalmente la distancia entre la casa y el trabajo. Luego los appliances –los electrodomésticos- sacaron a la mujer de sus tareas tradicionales dentro del hogar e hicieron la estancia en éste más fácil y grata. La TV –luego del radio- fue otra revolución, a la que siguieron los VCR, los discos compactos y, ya en nuestro entorno temporal, las memorias digitales, los teléfonos celulares y la red virtual. Estamos rodeados de mercancías que prometen hacernos siempre más felices: a mayor consumo, mayor debe ser nuestra felicidad. Aumentan las necesidades del espíritu más que las verdaderas necesidades puesto que son éstas pocas y fácilmente saciables.

La producción requiere de energía, en cualquiera de sus formas. Pero más importante, el consumo necesita de energía a una tasa creciente. Si para producir más hay que consumir más, y el consumo consume energía, a mayor volumen de consumo (y producción), mayor consumo específico de energía. Se puede hablar todo lo que se quiera de la eficiencia de los nuevos aparatos, pero siempre se consumirá más energía cuando se tienen cinco en vez de uno puesto que el avance tecnológico no es suficiente para compensar el crecimiento en el quantum. Tan es asíque en nuestra época inicia la crisis ambiental por los efectos del consumo específico que hemos decidido, en particular el daño a la naturaleza por la quema de combustibles fósiles.

De manera que buscar una relación entre la producción (y consumo) global y el consumo de energía parece ser el propósito más natural del mundo. En principio, poco importa la denominación de la energía bajo la restricción habitual de que sea una variable homogénea y consistente. Esto quiere decir que si utilizamos barriles de petróleo (de 50 galones) como representación de la energía consumida, más adelante no podemos cambiar a kilovatios hora, BTU o cualquiera otra unidad de fuerza. Para que la correlación tenga sentido, se debe mantener constante la definición de las variables.

1Pues bien, recientemente nuestro colega Ernesto Selman osó –es decir, se atrevió a- plantear una correlación entre el consumo de energía en el país y el PIB, de la que concluye –ésta es la verdadera herejía- que éste pudiera estar sobredimensionado hasta en un 36% desde el 2006. De inmediato se desataron todos los infiernos. La Dra. Olga Díaz, Asesora del gobernador del Banco Central, dirigió al disidente una encendida réplica (Listín Diario, 21 de agosto de los corrientes) en la que le enrostra todo lo siguiente: a) Que el Dr. Selman trabajó en el Banco Central, donde se le dispensó un trato muy distinguido, sobre todo de parte del Sr. Gobernador; b) Que habiendo trabajado allí se debió haber percatado del ingente esfuerzo que hay que desplegar para calcular el crecimiento económico; c) Que el sector Energía y Minas tiene una muy baja participación en el PIB y su relación con el consumo de energía no es fija; d) Que la presunta sobrestimación del PIB se debe a los intereses particulares del Dr. Selman, a saber, dar a entender que la presión fiscal es más alta de lo que es realmente, por lo que no sería necesario una reforma fiscal “integral”. Acaba la reprimenda de la Dra. Díaz con una consigna patriótica: con estas actitudes, “qué pobre servicio hace el Dr. Selman al país.”

Curiosamente, el ejercicio hecho por el Dr. Selman es exactamente el mismo que han realizado quienes establecen que si los países subdesarrollados tuvieran el consumo –proporcional, per cápita- de los países desarrollados, se necesitarían diez planetas tierra hacerlo posible (Ver: Chris Martenson El futuro insostenible de nuestra economía, energía y ambiente). Dicho sea de pasada, para ser buen predictor de una variable, no es necesario constituir parte importante de ella; es decir, para predecir el PIB no hay que hacerlo por necesidad desde uno de sus componentes principales. La participación proporcional elevada explica la dominancia en el registro, en la contabilidad, pero no establece nada necesario en cuanto al pronóstico. De seguro el consumo de electricidad tiene mejor asociación con el producto que el gasto en medicinas.

Una pregunta es obligada: ¿por qué tanta sensibilidad –susceptibilidad, podría decirse- de parte del Banco Central con sus números? Pero veamos primero de qué se trata. Los economistas suelen establecer correlaciones –esto es, asociaciones estadísticas- entre dos (o más) variables, a veces en términos de causalidad, como forma de pronosticar una con la otra. Un ejemplo sencillo: para hacer una camisa necesito media yarda de tela. Esto puede ser un promedio; el hecho es, sin embargo, que si hemos usado 100 yardas de tela, deben haber 50 camisas en el almacén. Estas son relaciones que todo gerente de producción y auditor deben tener bien aceitadas.

Por supuesto, la asociación no necesariamente es fija: un medio a uno, como el caso anterior, uno a uno, uno a dos, etc., sino que puede ser de un valor en un momento, y de otro más adelante. Nada de esto tiene misterio. Aún más, la conexión causal entre una variable y la otra no tiene que estar perfectamente establecida, puede ser difusa. Asíasociamos número de armas y homicidios, o nivel de pobreza y delincuencia. Estadísticamente se pueden calcular algunos índices, siempre sujetos a una cierta probabilidad. Mas todavía no podemos establecer con precisión que, por ejemplo, por cada 100 armas de fuego que salen a la calle, aumentan en 10 los homicidios.

Mudémonos al terreno de la economía. David Ricardo (1772-1823), cúspide de la economía clásica, se imaginó una economía de un solo producto (trigo), para salvar el molestoso problema de la agregación de mercancías heterogéneas. Así, el producto real, es decir, el producto denominado en bienes, estaría constituido por una cierta cantidad de este producto universal, único necesario para producirse a símismo. El producto real es el que determina el nivel de bienestar de una población, como el consumo físico es el que determina el nivel de satisfacción de un individuo. Si de tener una manzana pasamos a tener dos, hemos duplicado nuestra riqueza. Sin embargo, si nuestro ingreso pasa de $10 a $40 nada nos dice por necesidad en cuanto al aumento en nuestra capacidad de compra; es posible que con $40 no podamos comprar siquiera la primera manzana.

Ricardo estaba consciente de la irrealidad de una economía de un único producto, su interés era fundamentalmente analítico. Ahora bien, es completamente claro que si el consumo (y producción) del único producto se duplica, se duplica el nivel de bienestar de la sociedad. Por supuesto, se puede plantear una relación decreciente entre consumo y utilidad, pero éstas son otras quinientas. Lo importante es la asociación que podamos establecer entre el movimiento de una variable – consumo (y producción)- y otra –bienestar o utilidad-. La relación entre dos variables objetivas – tela y camisas- es más clara por cuanto en ella no interviene la apreciación humana. Si se produjeron 100 camisas y se consumieron 75 yardas de tela, en buen dominicano “hay un maco”, llamen al supervisor de producción.

Ahora hay que desmontar la ficción ricardiana: en la economía hay muchos bienes que se producen y consumen, ¿cómo medirlo? Si las mercancías se consumieran siempre en las mismas proporciones –por decir, una libra de arroz con media libra de habichuelas, con un cuarto de libra de carne de res, etc.- no tendríamos dificultad. Estaríamos en el mismo mundo de la mercancía única con la diferencia de que es ésta, ahora, una mercancía compuesta. Algo asícomo un “combo” de restaurante de comida rápida: una hamburguesa + unas papas fritas + un refresco. Sin embargo, esto es igualmente irreal. Adicionalmente nos topamos con el denominado “problema de los números índice”. ¿Cuál es la idea fundamental? Cuando evaluamos dos conjuntos diferentes de bienes heterogéneos en dos momentos distintos en el tiempo, no solamente cambian las cantidades sino también los precios. El problema consiste en sintetizar las dos situaciones caracterizando cada una como el consumo de un índice escalar de cantidades multiplicado por un índice escalar de precios. En otros términos, resumir los cambios en todas las cantidades en la variación de un único índice de cantidad, y los cambios en todos los precios en la variación de un único índice de precios. Esto es justamente lo que se hace en la contabilidad del producto.

De nuevo un ejemplo sencillo. Obviamente las cifras han sido seleccionadas por simplicidad, pero en nada afectan el álgebra. Donde dice 10 libras se puede poner 10 millones de toneladas y en nada cambia el argumento. Igual lógica se aplica cuando pasamos del individuo a la sociedad: contablemente, el conjunto no es otra cosa que la suma de las partes.

Digamos que personalmente consumimos hoy, por año, 250 libras de arroz, a un precio de $40 libra; 5 camisas, a un precio de $500 la unidad; y 200 viajes al trabajo, a un precio de $150 el servicio. En total: 250 x $40 + 5 x $500 + 200 x $150 = 42,500. El siguiente año, cuando ya se han modificado los precios de algunos de los bienes, nuestro consumo es como sigue: 200 libras de arroz, a $45 la libra; 5 camisas, a $450 la unidad; y 230 viajes, a $150 cada uno. En total: 200 x $45 +5 x $450 + 220 x $150 = 44,250. Observemos que hay consumos que aumentaron, otros que disminuyeron y otros que se quedaron igual. Lo mismo con los precios, unos subieron, otros bajaron y otros no tuvieron modificación. La pregunta es, ahora: en general, nuestro consumo, ¿ha aumentado, disminuido o se ha mantenido sin cambio? En cuanto a los precios, en general, ¿qué modificación han sufrido?

Mediante una técnica sencilla que sería prolijo desarrollar aquí(Ver: Osvaldo Montalvo Cossío La alquimia de los índices generales de precio Banco Central, 2002), la primera situación se puede sintetizar en un quantum de producción de 293.70 que, multiplicado por un nivel promedio de precios de 144.70 nos arroja el valor de la producción: $42,500. Correspondientemente, la segunda situación es: 308.89 x 148.11 = $45,700. De aquí deducimos un crecimiento real de 5% y una inflación del 2%. Y entonces corremos para la prensa: “el año pasado registramos un notable crecimiento con gran estabilidad en los precios”. No obstante, los resultados anteriores ameritan un par de observaciones.

El producto real asímedido –y es la única posibilidad de hacerlo- es un constructo, una ficción; más exactamente, una convención. No tiene unidad técnica (libra, unidad, yarda, etc.) y su valor monetario es completamente derivado. Decimos “un producto real de $308.89 (pesos, dólares, etc.)”, pero su valorización se logra mediante la sustracción del efecto de los precios al valor de la producción. Este último es el que se recoge en el mercado, el valor de las transacciones comerciales concretas y específicas.

Debe quedar claro que no existe el crecimiento macroeconómico como tal. Ciertamente crece la producción y el consumo, pero de las unidades productivas y consumidores individuales. Denominamos crecimiento macroeconómico a la ponderación del crecimiento de los ingresos individuales. De aquíes de donde se desprende el denominado “problema de percepción”. La versión oficial siempre será de un crecimiento mayor al verdadero, una inflación menor a la verdadera, una concentración del ingreso y la riqueza menor, menores niveles de pobreza, etc. No sucede sólo en la economía: los niveles de delincuencia serán bajos, la desnutrición infantil y la tasa de mortalidad infantil, los niveles de tráfico de influencia y corrupción, y un larguísimo etcétera. Esto no es más que la promoción y propaganda de la empresa llamada gobierno. Pasó en el pasado gobierno, pasa en el actual y sucederá en el que venga, aquílo mismo que afuera (Ver sobre el caso de México: Sara Sefchovich País de mentiras). . ¿Acaso nos pasa desapercibido que desde la oposición se ven nítidos todos los problemas y males nacionales, y a las 24 horas de estar instalado, para cualquier nuevo gobierno todo es estabilidad, armonía y deseos de progreso? Por una cuestión de simple competencia –vale decir de sobrevivencia-, cada quien tiene una tendencia marcada a disminuir las virtudes ajenas a la vez que magnifica las propias.

“En China, los responsables de las administraciones territoriales reciben ayudas dependiendo de la tasa de crecimiento de sus regiones, y (ellos mismos) son los encargados de recoger las estadísticas… Uno debería ser un santo para no exagerar su propio éxito y los administradores chinos no son santos. Periódicamente, Pekín castiga a algunos por exagerar el rendimiento de su área; no obstante, aun asílas estadísticas publicadas (resultan exageradas).”

Lester Thurow El futuro del Capitalismo Ariel (1996), p. 54

En un libro de reciente publicación (Crítica a la economía del status quo, 2010), titulé un anexo: El oficio de economista, o dime quién te paga y te diré qué opinas, refiriéndome a que cada cambio estructural en el modo de producción ha tenido sus grandes beneficiarios –y perjudicados: no hay uno sin el otro-, quienes siempre han empleado sus intelectuales orgánicos para racionalizar la nueva situación. O sea, la reacción del Banco Central ante el atrevimiento del Dr. Selman es más que comprensible. Lo que sorprende es el silencio de los inocentes. Aquí, donde debían de hablar los intelectuales, los que se jactan de décadas de estudio, guardan silencio. Se hacen los extrañados, los genios desadaptados, por simplemente no poner en riesgo el cheque. Ya antes les debieron haber enseñado que opinar siempre tiene su precio.

Dada la variación en el valor de la producción, de la inflación deducimos el crecimiento del producto, y viceversa. Es decir, tenemos una ecuación y dos incógnitas, lo que nos da un grado de libertad. Dado el cambio en el valor de la producción, calculando la inflación, se deduce por diferencia el crecimiento. Todo esto anterior es simple álgebra, y ciertamente el fundamento del tema es cuestión de pura medida:

“Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo.”

Antoine de Saint Exupery El principito

Como digo en mi libro citado, si fuera cuestión de alimentar las cifras en la ecuación, no habría problema. Pero la ecuación tiene sus bemoles y las cifras son secretas, por eso tanta discusión sobre lo elemental. La contabilidad del producto no es un censo, es imposible registrar todas las transacciones que tienen lugar día a día. Es una estimación cuya confiabilidad disminuye en la medida en que la muestra es menor respecto de la población. Estas circunstancias añaden una complejidad al cálculo que el lego encuentra difíciles de superar. Del otro lado, el registro de las transacciones comerciales a nivel nacional es tarea que sólo el Estado puede llevar a cabo, pero debido fundamentalmente a su costo referido a su utilidad. Ningún agente privado, por grande que pueda ser, encontrará rentable semejante ejercicio. Ahora bien, en aras de la transparencia y la confiabilidad, las cifras crudas, en un formato manejable, debían ser accesibles al agente ordinario. Facilitar el “hágalo usted mismo”, no hay mejor manera de refrendar la certeza de los números. Las empresas requieren de auditorías, que no son otra cosa que informes sobre la corrección y confiabilidad de su contabilidad. Ningún gerente o administrador se ofende por ello. En el error, lo último que se presume es el dolo y lo primero el desconocimiento. Si esto sucede en la unidad, ¿por qué pensar que el conjunto no requiere de vigilancia y cuestionamiento, más cuando existe sin duda un interés en presentar resultados mejores que los verdaderos?

Esto trae a colación el asunto del interés. La Dra. Díaz recrimina al Dr. Selman que su opinión es interesada, por el asunto de la reforma fiscal y demás. Pero la opinión de la Dra. Díaz también es interesada, como lo es la mía. En esto no hay nada de extraordinario. Dice al respecto George Stigler (El economista como predicador, p. 95)

“… a los economistas no les gusta una explicación de su propio comportamiento científico en términos económicos ordinarios. Decirle a un economista que él elige aquel tipo de trabajo y aquel punto de vista que maximizará su renta es, nos dirá airadamente, un insulto premeditado.”

Lo normal, lo que debe ser, es que cada quien plantee abiertamente su opinión interesada. El industrial, su interés; el importador, su interés, el comerciante minorista, el suyo. Asimismo, el jornalero campesino, lo que le conviene, exactamente lo que hacen los funcionarios públicos, que llegan a defender privilegios constitucionales en nombre de la patria. Por supuesto, su interés es el interés de la patria, como en el naciente capitalismo la verdad era la ganancia. Un buen índice del interés nacional es la distribución del ingreso; el efecto de cualquier medida sobre éste dirá si sirve ésta a la patria o a intereses menos que comunes y colectivos.

Para concluir, volvamos un instante a la construcción de las cifras de crecimiento e inflación. Si bien, como dijimos, el nivel del producto es un constructo, un cálculo abstracto, se debe basar en los crecimientos sectoriales reales. Es decir, como hay un crecimiento (o decrecimiento) para la economía total, lo hay para el sector agropecuario, industrial, construcción, etc. A nivel sectorial, igual se puede calcular este constructo, a un menor nivel de generalidad que el producto nacional. Este ejercicio se puede llevar hasta el nivel de la empresa individual, que es de donde parte. No olvidemos que el crecimiento económico es de las empresas y el ingreso, no hay un crecimiento macroeconómico como tal.

La empresa puede y debe tener su índice de crecimiento real, como lo tiene la industria. A este nivel es mucho más fácil apreciar –ahora sí, exactamente: apreciar en términos de percepción- la distancia entre el hecho y su registro, si las cifras dicen lo que es. De hecho, a la gente “de la calle” lo que le interesa es disfrutar del crecimiento de su ingreso y dejar de sufrir por la inflación; la discusión de las cifras de por síla tiene sin cuidado. De manera que, lejos de sancionar la intención de elaborar índices de crecimiento sectoriales, para imponer la fe en una única cifra mágica y sagrada, los demás intereses –esto no se hará a iniciativa de ningún gobierno- deben trabajar en configurar la historia y situación de sus propios sectores. Nadie nunca defenderá sus intereses tan bien como ellos mismos. Esto se llama utilitarismo, la filosofía del capitalismo.

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